Monday, July 31, 2017

EL ADIRONDACK: NUEVA YORK-MONTREAL

Antes de hacer su entrada al enredado mundo de vías sobre el puente y cruzar por encima del inmenso y convulso Saint Laurent, el tren para en Poughkeepsie, Yonkers, Albany - la aburrida y sobria capital del estado de Nueva York - y  en unos cuantos pintorescos puertos: Port Henry, Port Kent, que bordean el largo lago Champlain. Nombres y lenguajes que van acercando el mundo del norte, otros bilingüismo, continuos contactos, luchas, borujos culturales.

Alice Munro no describe los tranquilos muelles o los ferries que cruzan el Lac Champlain.  Los puertos junto al lago invitan a vivir sosegadamente; a velar si es verdad que en sus aguas vive una enorme bestia. Sin pizca de temor por la bestia que vive en las profundidades del lago, los muy  tranquilos pasajeros que se bajan en las estaciones no parecen tener vidas rebuscadas, algo pesadas. Su calma se lleva muy bien con el lago. No es el monstruo de la leyenda lo que les preocupa. Les preocupa si tomaran o no el ferry que los lleva hasta las costas de Vermont o se quedan de este lado y compran maíz fresco, fresas salvajes.


Sus ropas los delatan. No llevan fastuosos relojes de oro, ni se ponen grandes medallones en el pecho. Las mujeres no se sobre-maquillan; no parecen sacadas de vitrinas de tiendas en la Quinta Avenida de Manhattan, en camino a los muy caros pueblos de los Hamptons en Long Island. Tampoco recuerdan a los personajes de John Waters: la muy chusmona mujer con su pelo teñido de rubio, el casi clase media cargado de oro, el bocón que se pavonea por los aceras de tablas que bordean las playas de New Jersey, Delaware.

Alice Munro es desplazada por el deseo de estar afuera, frente al lago. Un deseo que  la cara casi pegada a la ventana expresa en su sonrisa al ver los pasajeros que se bajan y a los que vienen a recogerlos: un taxista, una familia que está pasando el verano en su cabaña cerca del lago.  A los puertos del lago llega la sencillez personificada: ropas de algodón sin pretensiones de alta costura, kakis y bolsas de tela de saco, retazos de los sesenta, sandalias y collares de cuentas.


El lento viaje en tren lleva al pasajero por el lado este de las boscosas montañas Adirondacks, de cara al lago, junto a sus emblemáticas sillas en los patios de las casas o cabañas veraniegas sirven de fondo escenográfico al conductor que grita cada parada, “Pointe Rousse, please have your tralalalala ready”.  Pointe Rousses es el nombre de la parada en la frontera, tierra de nadie, donde los empleados de aduanas e inmigración canadiense, quebecoix, entrevistan, auscultan con sus ojos y deciden si dejan pasar o no, moverte al mundo más al norte.    

Alice Munro recrea las vidas de personajes con múltiples identidades, mundos bizantinos por dentro, que requieren entornos áridos, y pequeñas estaciones de trenes en pueblos de provincia. Montreal no se presta para hacer relucir los interiores de esas vidas tan intensas. Se camina por fuera y se camina por dentro. Desde la Gare Centrale hasta el terminal de autobuses puede uno viajar sin tener que ver la luz del sol. Si no fuese por el gentío, los anuncios, los estantes llenos de cachivaches para la venta, los olores de comidas de todo tipo, mercados, hoteles, cafeterías, los kilómetros de túneles que conforman la ciudad subterránea parecerían la escenografía de una novela futurista.


Cruzas sobre el inmenso rio, sales del andén, subes al inmenso mall subterráneo, caminas en busca de la parada del metro, te pierdes, caminas y caminas por túneles, mercados, baratijas, ropa elegante, ya habías pasado por aquí, no preguntas, encuentras una entrada a otro túnel, otra parada, no es la que buscas, sales y sigues caminando, otro túnel, one dollar store, café au pain, la petite patrie, cruzas puertas, no preguntas, caminas, cruzas puertas, otros túneles, llegas a otra parada, no a la que te corresponde, que está,  a saber, a cuantos kilómetros de la que originalmente buscabas, a un andén donde se toman los trenes que van en dirección contraria. Te sientas. Esperas.

Tuesday, July 25, 2017

DESDE SANTA ADELA, QUEBEC

(ORIGINALLY POSTED ON WEDNESDAY, AUGUST 15, 2012)

Postal desde Quebec

La Sainte Catherine, punto de partida en cualquier dirección, sirve de frontera y margen entre los bilingües, monolingües, etnias, anglófonos francófonos, el gran Canadá, y en esta provincia o estado ocupado, su mayoría quebequés.

Tolerante, cosmopolita, algo hedonista, bastante hedonista con el monte real en continuo posé, Montreal invita a pasear, recrearse, comer bien y observar sus mundos sin morir arrollado por desenfreno. Hedonista, vuelvo y repito. 

Vuelvo sobre la alucinante Sainte Catherine vestida con un sombrero de corridas y engalanadas guirnaldas rosadas. Pink triangle week, en agosto; algo sicodélico, el color rosa. Un bembé se vive por la medio hermana de otras calles y para llegar donde ella, el buena gente, buen conversador Monsieur Roger, en su mando sobre el antiguo orfanato, recibe en el hoy hotel Saint André, y olvídese de las estrellas.

De Montreal a las Lorencianas no hay que pasar por Caguas en camino hacia otro San Lorenzo. Para llegar a las Lorencianas se pasa por Saint Jerome, punto de partida de los mochileros en busca de las muy antiguas veredas para bicicletas, sus pintorescos pueblos al lado de lagos y más lagos. Un anuncio recuerda cierta ortografía: un rótulo de corte nacionalista, con su hoja de arce  por dondequiera. En Quebec, dice un pasajero en camino a Sainte Adele: ".. no hablamos francés de París". La entonación de los quebequés recuerda el deje muy particular de....  (No sigo para no ofender a los de las trincheras...)

Pueblos “quaint". Con monas casitas que evocan cuentos de hadas, casas de caza en los bosques, o los muy particulares cottages de ese mundo que mira hacia el Atlántico del noreste americano, Quebec incluida. 

El hotel con Ínfulas de Grand Lodge en Sainte Adele sirve de fondo, escenografía en cualquier serie británica en PBS. Al sosegado lago de aguas cristalinas lo bordea el pueblo, veredas, jardines, bosques, el "casi lodge", y arroyos que bajan por las laderas de los montes para terminar en playas con aguas heladas. Aguas que no espantan los deseos de inquietantes mancebos en busca de un refrescante chapuzón. Aguas cristalinas se manchan con tonalidades; el sol las ornamenta con plateadas pulseras y aros (me vomito ante el preciosismo tardío, consecuencias de una nota, la mejor cosecha de un Quebec que evoca la década de los sesenta, la de las mejores cosechas.)

Saludos desde la casa de J&J, hogar en el norte, refugio de muchos, santuario de los que buscan el norte del norte. Hasta esta casa de un matrimonio de hombres con todos los dereechos que se merecen y que el estado canadiense provee llegan muchos inmigrantes, unos en busca de amor, otros en busca de amar y otros en busca de algo que decir, contar.


Friday, July 21, 2017

COMO QUE NO SE DAN CUENTA

No se dan cuenta.
No quieren darse cuenta.
No se atreven ni darse cuenta.
Una tal Roselló regaló mochilas 
a niños pobres. Con apellido puesto: 
Roselló.
Nombre y apellido Roselló al lado de 
una foto de una nena pobre.
Como que no se fijaron, no vieron
no quieren ver la cara avergonzada de 
la nena pobre.
Los blanquitos isleños, tan solidarios, son todos
iguales. No quieren darse cuenta.

              

MODA Y ARTES: JEAN PAUL GAULTIER EN EL MUSÉE DES BEAUX-ARTS DE MONTREAL

La exposición de las obras de arte del reconocido costurero francés en un espacio organizado, ambientado, diseñado para expresar una visión de las tendencias o de la ropa como obra de arte, de los artesanos que las construyen, del artista que las crea: luz, formas, perspectivas, movimientos, colores, tonos, símbolos, figuras, crítica social, reflexiones sobre su propia historia, belleza fuera de los cánones que la definen. 

Moda, el conjunto de ideas, sus expresiones y el trabajo artesanal que la componen bordean en la abstracción pues son tan fluidas y temporales que, en concreto, solo existen en un momento; a veces controlada por el comercio, y, en muchas, determinada por los artistas o sus pueblos; y dentro de la misma ciertos elementos son constantes: los artesanos, los artistas, sus técnicas, sus obras de arte. La moda es una tendencia. Coser es un trabajo de artesanos. Algunas piezas de la ropa, moda o no, son obras de arte. Jean Paul Gaulthier es un artista. El sastre de mi barrio cose muy bien, pero es solo un artesano. 

Mi sobrino-nieto y yo exploramos estos temas después de haber pasado un rato muy largo frente a los trabajos de Gaultier (antes de esa exposición fuimos a ver ropa creada por artesanos inuits del norte de Quebec cuyos nombres no estaban incluidos en los rótulos que las identicaban). Ambos estábamos extasiados, absortos, estimulados a pensar sobre las historias y las artes: él dentro del mundo y el comercio de la moda; yo, después de ver muchas tendencias y obras de arte, trato de seguir (como dicen en buen puertorriqueño), "a la moda aunque me joda".

Thursday, July 20, 2017

VENTANAS DE FLANDES EN EL SUR DEL BRONX

Sobre la almohada, descansa
la cara espera: un Vermeer
en Simpson Street. Observan.
Las señoras. Dos señoras. 
Una en Flandes entre cortinas.
Ambas esperan. Dos mujeres. 
Dos ventanas, distintas: resistencia.
Luz flamenca. Luz del Bronx. 
Una de lino, otra de algodón. 
Mujeres que pintan sus propios cuadros. 
Quisiera pensar que su arte....
sus cuerpos hacia al exterior
sus brazos sobre una almohada
abren las esperanzas de sus ventanas.

Wednesday, July 19, 2017

(EN) BORUJOS

Tu poema cuestionaba tanto
Tuve que reconocer que
tu poema no me preguntaba.

Monday, July 17, 2017

PARECEN PINTURAS DE CASTAS: ESTEREOTIPOS, FACULTADES Y TAXONOMÍAS

¿Parecer qué?

¡Que mucha conceptualización atomista sobre los parecidos rige la "facultad" que se usa para pensar sobre los otros! (Facultad mental en vez de escalonadas estrategias o destrezas intelectuales skinnerianas/pavlovianas. Antes de las facultades estaban los "humores", mucho antes.)

Todo esto, después que una joven méxico-americana dijese que yo no parecía puertorriqueño.

Quizás, parece que se quedó en la etapa mental en la cual el sujeto que aprende confunde un particular con un genérico, y como la dependencia en destrezas skinneriana/pavlovianas no ayudan a superar, transformar las formas de conceptualizar el mundo -el dominio de destrezas específicas es el único propósito.

La joven aprendió a identficar puertorriqueños después de poder hacer suya una sola destreza, y no se ha dado cuenta.

Pues, parece, una vez más, vuelvo y repito, que lo dicho por Trump sobre los mexicanos no movieron a la joven a pensar más allá de los estereotipos, a poder usar sus facultades mentales plenamente, en vez de depender de las taxonomías creadas por los sicólogos reductivistas, los cientifícos sociales durante el siglo diecinueve, y sus pintores de castas mexicanos.

Parece, por última vez, que las taxonomías siguen determinando cómo la clasificadora de puertorriqueños "piensa el mundo".