Thursday, November 21, 2019

HIJAS DE CRIANZA, RESTAVEKS Y MUCHACHOS DE MANDADOS

"No se atrevan a hacerle mandados a nadie sin que hablen conmigo primero, que usted no es muchachito de mandado de nadie":  era la orden que mamá nos daba. Y todavía hoy, esa orden debe seguir vigente. Haber tenido que enviar sus hijas donde parientes para que se las ayudaran a criar por causa de la extrema probreza, no pudo ser fácil, mucho más cuando no las pusieron en la escuela y las usaron como niñeras o peón de finca.

El periódico español El País publicó una serie de reportes sobre los niños esclavos en Latinoamérica, delatando un problema que va más allá del Cono Sur o de los países pobres. Desde el horror que viven los restaveks en Haití hasta la sevidumbre de la "muchacha" (la mal llamada hija de crianza) que limpia, cocina, y sirve al típico del “gentil hombre”. 

En un “college”donde trabajé, unos profesores latinoamericanos, simpáticos como nadie, enviaban a sus estudiantes a que le buscaran café, o usaban el “student aid” como muchacho de mandados. Estos artículos y este comportamiento de los profesores me trajo a colación la muy directa y contundente orden que mamá nos daba.

La orden de mis padres no procedía de mentee poco solidariae o generosae. Al contrario, otros (primos, compadres, antiguos vecinos del campo) eran recibidos y hospedados en el muy viejo y deteriorado ranchón de madera de cuatro cuartos sin puertas, divididos por cortinas de cretona, con una letrina, fogones de carbón y baño al aire libre en el patio (gracias a las escupideras los más chiquitos no teníamos que usar la muy peligrosa letrina), rodeado de casas mucho mejor puestas y vecinos de clases medias.

Eran las últimas décadas, los cuarenta y cincuenta, del Puerto Rico rural y en aquel ranchón, como si hubiésemos tenido una mansión, se le daba albergue a otros pobres o jibaros más necesitados. Pobres sí, jíbaros sí, pero no éramos ni muchachitos de mandados, ni nos iba a entregar como hijos de crianza. Ya había entregado sus dos hijas mayores a unos parientes mas pudientes economicamente, para que se las ayudaran a criar y las consecuencias no fueron de su agrado.

Cuando vio que solo se las habían llevado para usarlas como sirvientas, que nos las iban a enviar a la escuela, las fue a buscar y se las trajo para la casa. Les creyó, que le iban ayudar a criar a sus hijas y se dio cuenta que no, que los buenos pequeños burgueses del pueblo no eran tan bien intencionados.

La miseria que vivían los hijos de picadores de caña, los jíbaros y los más pobres en las zonas urbanas de las islas de los encantos los obligaba a buscar ayuda con la crianza de sus hijos. En los periódicos aparecen continuamente relatos muy trágicos sobre los “restaveks” del mundo: Haití, República Dominicana, Paraguay, Colombia, México, Ecuador. Excepto en aquellas ocasiones cuando son casos excepcionales, lo que no cuentan los periódicos es cómo la mentalidad del bueno y caritativo pequeño burgués sigue, en muchos casos, activa en el mundo industrializado, sus escuelas, universidades, y en alguna que otra institución que le sirve a los pobres.

No dudo que aquellos profesores (todavía se me paran los pelos cuando me acuerdo -por cierto, le llamé la atención a una de las citados colegas y como respuesta, se echó a reír- no se hubiesen atrevido a envìar sus pupilos en Columbia University o el Graduate Center a que le hiciesen mandados. 

La relación entre el burgués liberal y los pobres no se resuelve con discursos políticos o académicos solamente, hay que fijarse en el detalle. Y ese detalle, sea el restavek o la hija de crianza o el muchachito de mandados, sigue por ahí en las mentes y actos de muchos.

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