Sunday, March 2, 2014

Guayama, "que el Congo cuaja"

Antes de que llegaran las pantallas táctiles y lecturas cibernéticas, y mucho antes que una muy “trendy”, pesimamente informada escritora de Santa Rita, Rio Piedras, tratara de narrar las crónicas del sur; antes, mucho antes, en las  fiestas, ágapes, juegos florales, programas escolares y concursos de oratorias, en el pueblo de Guayama se oían unos  muy conocidos versos, “Guayama, la augusta, se viste de blanco….”, escritos por don Vicente Palés Anés, padre del reconocido don Luis Palés Matos.

Aquellos versos honrando la grandeza del pueblo brujo,  “… la augusta, la bella matrona, la que un monte tiene por corona, y un cañaveral de sandalia al pie” se oían tanto o más que cualquier canción de moda. El Guayama de  los Palés Matos, de cañaverales, y casas augustas, lo recoge y describe el poema de don Vicente.  El Guayama de hoy, con sus muy caricaturescos políticos, sus cepillados y blanqueados duques de la mermelada, lo describe otro que otro “caderamen masa con masa”.

Desde el tope de la loma del viento se pueden ver las dimensiones armoniosas del que una vez fue un muy bien planificado pueblo, defendido por los antiguos ilustres guayameses, y pos sus representantes municipales. Existía una ordenanza que prohibía que cualquier edificio fuese más alto que la iglesia. Para aquel entonces, algo de buen gusto quedaba. Algo que la codicia, la mediocridad y la mala planificación desplazaron. Las consecuencias se notan por todos lados.

El pueblo deja de ser el pueblo de elegantes casas y hermosos balcones criollos, para darle paso a casas de corte “Southern plantation wannabe”. No solo cambian los gustos arquitectónicos, el que una vez fue el pueblo  de los  brujos - ¡qué los pueblerinos de antes apreciaban el buen teatro folklórico!, y sabían a que se refería la hoy muy despreciada ‘brujería” de la ciudad – se convierte, por designación de una muy sabia alcaldesa, con su poder divino, en el pueblo de dios.  


Y para que estos cambios no dejen de perder el contacto del “caderamen masa con masa”, ni la continuidad de las relaciones entre los grupos de cada barrio y sus gentes, hoy, los descendientes de los que una vez fueron excluidos de ciertos clubes y casas (los molletos, jinchos del cerro, los hijos de los jibaros y otro que otro duque de la mermelada) son los que en estos momentos discriminan contra el mundo de donde ellos vinieron.  Desde las nuevas Tembandumbas hasta los perfumados y enjoyados  duques,  junto a otros cocolos, en honor al Luis de los Palés Matos, por Guayama y sus calles antillanas sigue todo un mejunje “que el Congo cuaja”.


  


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