Wednesday, March 23, 2011

El Club de los Teenagers y los Metro-Sexuales

Por culpa de Alfred D. Herger fui el primer “teenager” de mi familia. A mis hermanos mayores se les conocía como mozos. De mozos a “teenagers” llevó aquel emblemático programa, El Club de los Teenagers, a una nueva conceptualización de las etapas del ser y crianza puertorriqueña; un cambio que generó nuevas ideas sobre la educación y el papel que juegan los jóvenes en las isla de los espantos.

“Ponte la falda plisa’ y la blusa colora’… “, cantaba uno de los ídolos del rock and roll en español por allá por los años cincuenta. Falda y blusa, significantes y significados que ayudan a comenzar y, a la vez, reflejan un nuevo ideario que subyace la etapa que hasta ese momento se conocía como la de los mozos. Etapa que de ahí en adelante se convertiría en estadio de los “teenagers”. Desde cómo se vestían, se visten hasta a qué organizaciones pertenecían o sub cultura formulan, mozos o "teenagers" son indicadores de los cambios en el panorama de la crianza y educación de la niñez y juventud.

Hoy, muy pocos puertorriqueños le espetan un “conchu’ ” a sus hijos ni les sorprende la sabiduría de las nenas. Durante una visita a una oficina del CRIM, una señora bastante mayorcita le dejó saber a la joven madre de una niña de unos cinco años, saltarina de losetas en espera de salir de aquel árido y claustrofóbico espacio, que: “su nena sabe mucho”. La joven madre sonrió ante el comentario, y la nena siguió jugando. Mucho qué no fue preguntado, no era el tema a ser discutido en aquel entorno, y mucho menos era preocupación de la joven madre que su nena fuese asertiva.

No deja de sorprender la relación casi causal entre las generaciones y el manejo de las creencias sobre cómo criar o deben comportarse los niños. Las ideas sobre las crías y los fundamentos que las subyacen no pueden dejársele a los vendavales de la tradición, los reverendos de panderetas, los discursos académicos, y mucho menos a las agencias del gobierno encargadas de dirigir la educación y servicios a las familias. Estas ideas pueden surgir de fuentes inesperadas: las investigaciones científicas, las nuevas tecnologías, los viajes a Disney, los programas producidos por Alfred D’Herger, el rock and roll, la psicología, el comercio especializado, la condición y necesidad humana que obliga a la continua reinterpretación y valorización de las ideas mismas (Cuántos no se sintieron liberados cuando Benedicto dijo que el purgatorio no era un espacio fuera de nosotros mismos): ideas que siembran las semillas del cambio en torno a cómo se concibe la niñez, la adolescencia, su educación y las expectativas en torno a cómo deben comportarse éstos.

Ni los anti-conchudos o las nenas que saben mucho guían el diario vivir de la crianza y educación de la niñez y juventud puertorriqueña. Mucho menos nos vamos a referir a los adolescentes, esos nenes grandotes, como mozos, aquellos adultos en potencia que generaciones atrás conformaban la etapa antes de la edad madura. No extrañaba que un mozo de diecisiete años se “juntara” con una “mujercita hecha y derecha” de dieciséis porque las ideas de aquella época no los veían como niños grandes. Eran adultos en ciernes. Los mozos fueron reemplazados por los teenagers; y con ese cambio se les convirtió en miembros de una etapa distinta con expectativas basadas en una nueva concepción de las etapas del desarrollo de las crías.

El cambio no ha parado: de mozos a teenagers, de teenagers a “techies” y metro-sexuales se ha movido ese ideario. Y de rock and roll a perreo: atrévete-te.

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