Monday, October 10, 2016

A LA CASUCHA EN GUAYAMA TAMBIÉN LE DEBO EL NO SUICIDARME

Desvelado, los recuerdos vuelven. -"¿¡Ahí es donde tú vives!?"-: preguntaban una y otra vez, sorprendidos, tantos y distintos hasta que a los veinte años, con el sudor de mi trabajo construí una casa de concreto, techada de zinc, y ya nadie más volvió a sorprenderse que fuese un hombre bien pobre. La casucha, la gente que se sorprendía, la vergüenza que sentía no han desaparecido, ni quiero borrarlos de mi memoria. Hoy me sirven como recurso para juzgar lo que he logrado, permitido y por qué; como arma contra el pretendiente que se burló de mí, de mi identidad étnica, de mis defensas en continua alerta, sentimientos; como vara para medir el supuesto amigo que descaradamente me traicionó, y que luego, en conversaciones con otros, me entero que repite que él no me conocía en el pueblo. La casucha me sirve como sostén para no suicidarme.

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