Sunday, October 2, 2016

EL Völkisch del Principito Uruguayo

Una palabra alemana, völkisch, sirvió para cuestionar el mestizaje cultural, étnico y desbalance moral del  Principito Uruguayo, y éste prefirió regresar a sus cuartos obscuros. Incapaz de mirar sus contradicciones, cuestionar su morboso placer, huye, se esconde, busca sus presas, y trata de seguir con sus juegos deshonestos. Por dentro el calor que le causa su perturbación erótica sube su temperatura, lo quema lentamente, y para satisfacer su insaciable necesidad busca nuevos viejos con quien jugar, y una vez éstos pierden su orgullo, caen como si fuesen las víctimas de Jean-Baptiste Grenouille, el personaje en la novela Perfume por Patrick Sūskind. Cuando logra absorberlos, desnudarlos emocionalmente, derrumbarle sus defensas, el Principito Uruguayo se enfría, y despacha a sus víctimas, sus reciclables bolsas de basura; comienza otro calentón, otro ciclo y regresa a buscar otro anciano perdido en la soledad de las redes sociales. Más como le escribió el Plancha Boricua, quien usó una expresión del típico jíbaro: "recuerda que a todo cerdo le llega su nochebuena, y en ese momento no hay völkisch que lo proteja".

El volkisch nunca protegíó al Plancha Boricua: las diferencias de clase lo dejaba, durante su niñez, a merced de los que el dinero los convertía en poderosos. Los nenes clases medias se burlaban de las ropas del Plancha Boricua, y para evitar la vergüenza, se escondía en algún rincón de la casucha donde se crió y allí soñaba con otras vidas, y cómo vengarse del abuso. Salió de la pobreza y de su papel de víctima, confrontó la incapacidad de poder defenderse que tan fácilmente puede ser reproducida: caer y permitir de nuevo otro tipo de burlas y la erradicó de su visión del mundo. 

Esta vez, otro clase-media aburrido con su confort, el Principito Uruguayo, pensó que podía burlarse y salirse con la suya. Las reglas del juego fueron cambiadas y el Plancha Boricua usó su soledad de viejo y recuerdos de su crianza para satisfacer su deseo de venganza: lo que los del pueblo caribeño le habían hecho sería pagado por otro burguesito en otras tierras. Cuando reconoció que defendería -como aprendió entre sus parientes jíbaros- el honor de los viejos gays, el suyo, sintió enormes escalofríos, y concluyó que nada parece haber cambiado. Los que buscan hacer daño corren en vías paralelas: arman un ciclo que no termina, que ningún volkisch protege por completo.

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