Friday, February 10, 2017

MÚSICA PARA UN CAMALEÓN (DE LA COLECCIÓN SUICIDIOS)

"El amor y el interés (morbo) fueron al campo un día, pudo más el interés que el amor que te tenía" (del refranero puertorriqueño)

Lo delataron, sacaron del armario. Asustado, el camaleón se acomodó su máscara, cambió de colores. Aterrorizado, se repite, una vez más, corre despavorido.

-"¡Me voy!"-: fue todo lo que dijo, indignado, con voz ahogada y pose de machoide, jabao blanqueado por fuera, pero por dentro, sus colores confundidos, el camaleón desaparece. No puede aceptar que el satisfacer sus demonios internos es más importante que ser leal a sus amigos.

Perseguido por su consciencia, la neutraliza, adormece, engaña con alcohol y fármacos: antidepresivos, pastillas para dormir. Su identidad sacrificada, hombría decorada por poses y voces, y la moral matizada por el morbo que la guia; lo guía, fomenta la violencia a costa de satisfacer su insaciable necesidad de vivir para ser guiado por su obscuro psique, cual personajes de Truman Capote, y sus podridas almas.

Tantas veces que ha recibido un buen y merecido tortazo; y ha confesado sus culpas, tratando de expiarlas, como los "nenes buenos" pero maliciosos, que saben pedir perdón para complacer a mami y papi, aunque por detràs siguen haciendo maldades. No cambia, sigue destruyendo su espiritu. No crece.

Pretende ser bisexual, con una mujer como escudo, mas igual que los reptiles en el cuento de Capote, se desliza a escondidas, se mueve por los arrabales de San Juan en busca de chulos, de hombres straights, y cuando con los chulos no basta, trata de conquistar gays que sean amantes de otros, de aquellos a quienes él pretende ser su amigo. Busca satisfacer su más obscuro deseo de conquistar lo que es no es suyo, lo prohibido. Es tan conocida su historia, que su careta ya no lo esconde, pero él no puede parar.

Los reptiles respondían instintivamente a la música de la pianista mulata en Martinica, entraban a la sala, se escondían; y el mulato de San Juan, guiado por sus instintos, en su búsqueda de satisfacer sus obscuros y ansiosos deseos, sin importar limites ni lealtades, entra, saluda, se desliza, esconde, se mueve como los camaleones en el clásico cuento de Capote y atrapa su presa. 


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