Wednesday, September 14, 2016

EL PRINCIPITO URUGUAYO, SUS VIEJOS Y SUS JUEGOS

"Cada viejo era el espejo del poema escrito por Constantine P. Cavafi. Ante ese reflejo, el Plancha Boricua decidió brillar el espejo, mantenerlo reluciente, aumentar su esplendor, llevando lentamente al Principito Uruguayo a que no se satisficiera con solamente conquistar a los "veteranos" que veía dentro del espejo. Usando los deseos de entrar en el espejo que excitaban al uruguayo, el Plancha Boricua lo atrajo poco a poco, sin que el casaviejos de la red pudiese tomar posesión por completo de todo el espejo, logrando sofocar al Principito Uruguayo, ahogándolo en su propio morbo, su propio sadismo, su humor negro.": El Narrador. El Principito Uruguayo, sus viejos como fuente del arte de la palabra. (Véase en este blog)

No hay inocencia en los juegos. Falta de conciencia sobre su función o moral  subyacente sí puede haber. Quienes juegan participan de reglas, estrategias, mores, valores sociales, económicos, sentimentales, de identidad sexual, racial, étnica. Ni los niños y niñas, ni los adultos, ni los padres o madres, ni los hombres gays se salvan de ese principio. El que juega, sea brincando la cuica, o un pokemon, o con muñecas, o en una relación erótica, entra en una lucha por el poder.

En su libro Games and social character in a Mexican Village (Washington : William Alanson White Psychiatric Foundation, ©1964) MacCoby, Modiano y Lander informan sobre sus estudios de los los juegos entre niñas en una aldea mexicana, y explican cómo esos juegos servían para promover el sometimiento de las mujeres a los hombres, y, peor todavía, como lograban que ellas aprendiesen una vertiente del mismo, reforzaba la idea: que las mujeres se sometieran unas a otras.

Los hombres gays son, para muchos, entes desechables, y no deben hablar sobre sus vidas, ni sobre cuáles son las dinámicas o lenguajes que sirven a las mismas. En otras palabras, que se jodan entre ellos. Muchos activistas, académicos, literatos, artistas visuales se han "pasado por el made in China" esa moral de botica, pequeño burguesa, y han demandado derechos, escrito, pintado, bailado sus vidas; muchas llenas de amor, otras obscuras y siniestras. El "de eso no se habla" no ayuda a mejorar la vida de nadie.

Si las niñas de la aldea en México no se enteran de cómo se hacen daño unas a otras, seguirían bien jodidas. Para superar el dolor, la crueldad -venga de afuera o sea auto infligida- hay que ponerla de frente: ante el político, sobre el papel, en el escenario, en el foro público. Hay que cambiar las reglas del juego.

Los viejos gays no son inocentes, tampoco son desechables. Los juegos del Principito Uruguayo con sus viejos, y ellos con él, usaron los sentimientos e identidad como fichas en un tablero cuya movidas eran una ficción fundamentada en una realidad tóxica, dañina. Sin nombrar sujetos, hay que representarla y publicarla, jugarla, como siempre han hecho los heterosexuales desde tiempos inmemorables. El Plancha Boricua entró en el juego, cambió las fichas, las reglas y comenzó otro juego.

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